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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

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II.2.3.10. Una Navidad más cristiana… con Cristo. (Alfa y Omega. ABC. 24-12-2010.)

Con Cristo sí hay Navidad: Los testimonios que aquí ofrecemos lo demuestran. Son ideas sencillas, al alcance de cualquier persona que quiera huir del consumismo vacío. Ingrediente común: hacer presente a Cristo en los días en que Él es el verdadero protagonista de la fiesta. Porque con Cristo, y sólo con Cristo, hay Navidad.

La cena en casa de doña Esperanza y don Graciano «no es de cosas excepcionales». Eso sí, «ponemos lo más agradable posible -hasta encendemos la chimenea-, y a ellos los ponemos en un sitio importante». Ellos son personas a las que, desde hace cinco o seis años, invitan a cenar a casa en Nochebuena, para que no vivan las fiestas solos. «No estábamos de acuerdo con esa Navidad en la que utilizan nuestros sentimientos para fomentar el consumismo, y decidimos, con nuestro hijo, hacer algo por alguien», explican. Sus invitados «casi siempre son inmigrantes, porque es a los que vemos más solos». Este año, la invitación iba a ser doble: a una familia en la que la mujer y los hijos acaban de llegar a España y les está costando adaptarse, y a una señora mayor «que no tiene a nadie». No se trata de desconocidos: si Esperanza y Graciano saben a quién invitar es porque, durante todo el año, se esfuerzan por conocer y estar en contacto con gente que pueda necesitar ayuda. «Somos muy afortunados, y tenemos la necesidad de transmitirlo a los demás».
La preparación de la Nochebuena no es el único momento en el que deciden, en familia, compartir su Navidad: también dedican una cantidad de dinero a alguna donación. Hasta el año pasado, cuando dejó de trabajar por las noches, el dinero salía del trabajo de Graciano, que es taxista y cogía el coche toda la Nochevieja para dedicar la recaudación a alguna necesidad concreta, ya fueran las víctimas del tsunami en 2004 o las mujeres maltratadas.

Hasta aquí, el periódico. Ahora, de memoria. Entrevistaban al dueño de un restaurante en Santiago de Compostela que, como todos los años por Navidad, abría las puertas de su comedor a todos los sin techo de la ciudad. Comentaba qué iban a servir: “Lo más tradicional y mejor… aunque ese año el besugo se ha pasado de precio”. Pero más me impresionó la manera de contarlo, los comentarios del dueño acerca del porqué hacían así él y su señora desde siempre… Quedé atónito. Los pensamientos se me agolpaban en la mente como un pequeño tsunami de ideas y preguntas: ¿Qué impulso interior puede llevar a este matrimonio a poner “su negocio” al servicio de los más miserables la noche de Navidad? ¿Sólo compasión humana? ¿Cómo luciría ese comedor, que no es precisamente de los de “menú del peregrino”, lleno a rebosar de “personas” cuyo aspecto deja mucho que desear? ¿Y qué hago yo, que me digo cristiano convencido y comprometido, por “acoger a esos cristos vivos”? Santiago, multitud de peregrinos, catedral impresionante, “piedras hechas historia y lluvia convertida en arte”… ¿Pero somos capaces de ver estos otros “monumentos a la bondad” transidos por la Gracia del Espíritu de Jesús?