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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

StatPress

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Desde: 24/09/2015

II.2.1.11. Una espada de dolor atravesará tu alma.

 

Una mamá joven lleva en brazos a su bebé. Su rostro luminoso “grita” felicidad. Se dirige a la estación de trenes: llegan sus padres. Los abuelos no conocen aun al nieto. Será una alegría inmensa para todos. Al papá del bebé se le cae la baba. Camina estrechando a su mujer y a su hijito contra su costado… En el andén, muchas personas esperan.

Sucede algo raro, aunque casi nadie se da cuenta. Un hombre y una mujer, ya ancianos, se acercan al joven matrimonio. El anciano mira con ojos de ternura y de sabiduría a los papás. Posa su mirada mansa y penetrante en los ojos de la madre y le dice: ¡Qué feliz me siento, mujer! ¡Por fin veo al niño que llevo esperando toda mi vida! ¡Estoy seguro! Mira, mujer. Llevo toda mi ya larga vida pensando y buscando solución a la enfermedad del orgullo y el odio que nos corroe a todos. Tu hijito dará con la clave… A la mamá se le enciende la mirada. La perplejidad se escapa de sus ojos muy abiertos… El anciano añade: Pero no te engañes. Nadie lucha contra el mal sin sufrir espantosamente. Tú misma te verás arrollada por la ola del mal. Lo presiento.

El anciano tomó la manita del bebé, y besó al bebé en la frente. La anciana hizo lo mismo. Los dos miraron con sabiduría y ternura a la joven pareja y se alejaron perdiéndose entre la gente. Los jóvenes esposos se quedaron de piedra. ¿Será cierto? ¿Quién llegará a ser su hijito? ¿Les habían tomado el pelo aquellos ancianos? Su mirada, su palabra, sus gestos, su presencia inspiraban paz, sabiduría… Era imposible tomárselo a broma.

De novela ¿verdad? Pues no hemos hecho más que sustituir el Templo de Jerusalén por una estación de tren. El resto es “calcadito” de lo que cuenta San Lucas. Lo dejamos a final de página para poder leer el pasaje “original”.

La metáfora de “una espada de dolor atravesando el alma” es recia, dura, trágica… María aceptó su destino porque Dios lo quería; destino trágico, inmensamente difícil para cualquier madre… Pero creyó… Y estuvo al pie de la cruz…

María, creíste, esperaste y quisiste la voluntad de Dios contra toda evidencia y a pesar de los presagios de dolor y sufrimiento. Eres nuestra “hermana” en la fe. Ayúdanos a creer en Jesús, aunque nos cueste como tirarnos al vacío. Esperamos caer en tu regazo. Amén. Así sea.

Narración de San Lucas.

“Cuando se cumplieron los días de la purificación de la madre (40 días), según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor (“Todo varón primogénito será consagrado al Señor”) y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres entraron con el niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:  «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz;  porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. ¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma! a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.”