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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

StatPress

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Desde: 24/09/2015

II.1.1.10. María, nuestra hermana en la fe.

“La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios.

María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar la Palabra de Dios; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Ésa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no sólo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera  en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate…el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.

Cada uno de nosotros puede ser así si somos creyentes. Todos podemos ser portadores de Jesús como María, nuestra hermana en la fe.

Muchos chicos y chicas no tienen nada claro que es eso de ser cristianos… Es fácil. Una anécdota: Una estudiante de Medicina se cruzó conmigo en la escalera del Colegio Mayor. Me preguntó dónde iba. “A rezar un rato”, le dije. “¡Ay sí, sí; reza por mí para que apruebe el examen que tengo esta tarde!”. Le contesté: “Rezaré por ti… pero para que seas una gran persona, una gran médico, una persona encantadora como ahora, para que hagas mucho bien a los demás… Pero eso de aprobar se arregla de otra manera.” “¡Sí, ya sé; pero…!”

Pidamos a nuestra Buena Madre, a nuestra hermana en la fe, nos ayude y dé ánimos para ser grandes personas (lo cual no se improvisa), para “irradiar la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que María siempre lleva consigo”.