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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

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II.1.1.06. La maternidad de María. La Madre de Dios_2.

Los evangelios dejan claro la intervención de Dios desde el primer instante de la existencia de Jesús: muestran a Jesús como Mesías Salvador por designio del amor de Dios al Hombre. Y esto empleando un lenguaje y una imágenes bíblicas muy conocidas y familiares a los primeros cristianos con “pensamiento hebreo”.

Los docetistas (una herejía surgida ya al principio) negaban a Jesús una verdadera humanidad. Otras personas son incapaces de creer en su divinidad. Los cristianos confesamos, creemos, que Jesús fue Dios-y-Hombre, ambas cosas. También lo expresamos diciendo que Dios se hizo Hombre en Jesús de Nazaret. Confesamos el propósito que desde siempre tuvo Dios sobre los Seres Humanos: que alcanzando libertad (teniendo conciencia del bien y del mal) llegaría un día en el que Él mismo, Dios, tomaría la condición de un Ser Humano más en la persona de Jesús.

Quienes creemos en este Jesús Hombre-y-Dios al mismo tiempo no podemos explicar “el cómo” de ese misterio ¡dejaría de ser misterio! Simplemente lo contemplamos… y nos quedamos pasmados ante ese gesto de amor de Dios: Él podía habernos dejado pudrirnos en nuestras peleas, odios… maldades… ¡y que cada quien se las apañe! Pero no. A la angustia que nos causa la muerte cuando la vemos como desaparición en la nada, Dios vino a decirnos… ¡pues todo el evangelio! ¡La “buena noticia” de que existe una salvación definitiva, eterna, feliz, para todos! Y esto, no sólo porque seamos buenas personas con los demás y cumplamos con nuestras obligaciones, sino sobre todo y ante todo porque Él es bueno, Él es la Bondad… Él es la esencia misma del Amor…

¿Y qué pinta María, la Madre de Jesús, en este misterio? En la Anunciación parece que Dios mismo le “pide permiso” a María para hacerse hombre. Nunca nadie podría estar más próxima al misterio del amor de Dios que quiere ofrecer salvación a la Humanidad. Alguien pensará que “estando tan cerca” María no necesitaría “creer”… pues lo estaba viendo y experimentando. Todo lo contrario. Nadie como María tuvo tanta dificultad humana en creer, en confiar en lo que Dios la inspiraba. Por esto podemos llamar a María con total confianza “nuestra hermana en la fe”… y pedirle con todo el cariño del mundo que nos ayude a creer, a dar sentido a nuestras vidas, a darnos fortaleza en las dificultades… Nadie como Ella sabe tanto de todo esto.

Escuchamos y rezamos:

Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre de Dios. No deseches nuestras súplicas ni te olvides de nuestras necesidades, antes bien líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.