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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

StatPress

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Desde: 24/09/2015

VI.5.0.19. Carta a los filipenses.

 

Es uno de los primeros escritos del Nuevo Testamento, anterior al año 55. San Pablo nos hace una invitación preciosa:  “Sed humildes y serviciales como Cristo. Esto no es un abajamiento de la persona; al contrario, es elevarse como Jesús a la categoría de seres humanos transformados por el don de Dios”.

Dice así San Pablo:

“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo, el cual, siendo de condición divina… se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres; se humilló, obedeciendo hasta la muerte ¡y una muerte de cruz! Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el “Nombre sobre todo nombre”.

Los cristianos adoramos a un Dios que se hizo Hombre para identificarse con “todos” los seres humanos. De esta forma, Jesús nos indica un camino a seguir: salir de nosotros mismos, ayudando, sirviendo… para alcanzar nuestro verdadero yo.

¿Que esto es muy duro y por eso hay tan pocas personas cristianas a fondo? Discutibles las dos cosas. Estaba viendo un vídeo y el personaje decía más o menos: “Cuando nos acercamos hacia los 50 años, muchas personas nos damos cuenta que estamos prisioneros de “mi” trabajo, “mi” familia, “mi” reputación… Nos apetecería soltar el lastre de nuestros “mis” para hincharnos a hacer el bien a nuestro alrededor… Es la única manera de alcanzar el “verdadero ego”, el profundo, el que nos da la sensación de ser nosotros mismos “limpios”, en vez de ser “nuestras cosas”…”.

El personaje (Wayne Dyer) decía lo mismo que San Pablo (“despojarse de sí mismo”), pero… ¡con esperanza! Este Jesús desprendido, humillado… fue exaltado, resucitado. Éste es el “Camino cristiano”.

Contemplar a Jesús crucificado no es ver un mito de dolor, sino un ser humano exactamente igual a nosotros… Y contemplarlo resucitado no es un consuelo para tontos, sino el símbolo perfecto del dolor por amor a los demás… que es el mismo amor de Dios a los hombres realizado en Jesús y “replicado” en cada uno de nosotros.

Padre nuestro, que estás en el cielo;
Santificado sea tu Nombre.
Venga a nosotros tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación.
Y líbranos del mal.

Amén

Dios te salve, María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,
Ruega por nosotros, pecadores,
Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.