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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

StatPress

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Desde: 24/09/2015

VI.5.0.13. Carta a los filipenses.

 

San Pablo estaba en Tróade, actual Turquía. Tuvo una visión: un romano le pedía que pasase a Filipos, Grecia. Allá se fue con tres acompañantes. Fueron a una fuente; una joven “adivina” les seguía y gritaba que aquellos hombres eran mensajeros de Dios. Coincidieron allí con Lidia, rica “empresaria” de tintes y telas finas, quien los invitó a hospedarse en su casa. No querían por no perder libertad. Lidia les dejó libertad total, pero su casa sería la de ellos.

Pasaban los días y la joven adivina, erre que erre. San Pablo se convenció de que la pobrecilla estaba poseída por el demonio. La curó… Lo malo es que, como era esclava, la curación de la chica “adivina” arruinó el “negocio” de sus amos… Resultado: acusación, flagelación y cárcel, amarrados al cepo. Un terremoto hizo caer parte de los muros. Hubieran podido salir. El guardían quiso suicidarse, pues dejar escapar a alguien era pena de muerte. San Pablo le habló; el hombre se calmó… San Pablo reclamó judicialmente: era “ciudadano romano” y había sido flagelado. Los liberaron. Otra vez a predicar con más fuerza y audiencia que antes.

Este es el origen de la iglesia de Filipos, la primera en Europa. Estando en Éfeso, actual Turquía, y de nuevo en la cárcel, les escribió una carta de agradecimiento y felicitación por la intensa vida cristiana que llevaban. Los filipenses eran la niña de sus ojos…

Comienza su carta transcribiendo un himno, canto de fe en Jesucristo, que rezaban los cristianos ya extendidos por todo el Imperio. El himno que recoge San Pablo había sido compuesto por cristianos de la primerísima generación. Confiesan claramente su fe en la divinidad de Jesús. San Pablo los anima a ser humildes como Jesucristo:

“Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo:

El cual, siendo de condición divina, no se aferró a su ser igual a Dios.
Sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo como un hombre cualquiera.
Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte ¡y una muerte de cruz!
Por ello Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre.
Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, “y toda lengua confiese” que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.

¿No da cierta vergüenza que nuestra fe en Jesús tiene menos vigor que la de los primerísimos cristianos? Hace pensar.

Padre nuestro, que estás en el cielo;
Santificado sea tu Nombre.
Venga a nosotros tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación.
Y líbranos del mal.

Amén

Dios te salve, María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,
Ruega por nosotros, pecadores,
Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.