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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

StatPress

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Desde: 24/09/2015

VI.3.6.08. Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Lo más importante en esta celebración no es “comprender” el misterio de Dios, sino abrir nuestra alma al misterio.

Cuando éramos estudiantes jóvenes, un compañero exclamó en medio del silencio de un estudio: “Pero ¿dónde está el misterio?”. El hombre se había metido tan a fondo con los conceptos aristotélicos de esencia y existencia, acto y potencia en la explicación de la Santísima Trinidad que, por un momento, creyó entender el misterio.

Con palabras pretendemos “expresar” la idea de la realidad que pensamos. Con gran frecuencia, la realidad que pensamos escapa a toda posibilidad de las palabras. Es frecuente querer expresar este Misterio comparándolo con triángulo equilátero: tres lados distintos y un solo triángulo verdadero… Comparación lamentable… porque cada lado no es el triángulo completo. Del misterio de la Santísima Trinidad creemos que cada Persona es todo Dios, no una parte de Él…

Jesús no “filosofa” sobre Dios, nos transmite confianza total en Él, como se sienten los niños en el regazo de sus padres. Nos invita a abrirnos al misterio santo de Dios aunque no podamos comprenderlo. No comprendemos cómo crecen las plantas. Pero lo vemos. A Dios Padre, ni lo vemos ni lo comprendemos. Por eso exige fe; y la fe es confianza en alguien. Las personas soberbias tienen muy difícil eso de la fe porque, en el extremo, no son capaces de confiar en nadie.

Jesús nos invita a vivir como hijos de “su” Dios, cercano, bueno y entrañable, Abba, Papá. No estamos “sólos ante el muro de nuestra soledad…”. Estamos seguros ante un Dios que nos quiere y perdona siempre. El misterio de la Santísima Trinidad nos queda como distante de nuestros alcances; como el Santo (en latín, “sanctus”, “separado”), el “Todo Otro” que dicen los místicos. Por eso precisamente es Jesús la “figura visible de Dios invisible”, la imagen de su Padre Dios puesta a nuestro alcance. Para muchos de nosotros, éste termina siendo el gran misterio: que Dios se hizo un ser humano en Jesús. Así, tampoco lo comprendemos, pero “lo vemos”.

Este Jesús, Hombre-y-Dios llega a la mente y al corazón de cualquier ser humano porque nos abre el corazón de su Padre Dios: Quiere que todos nos queramos como Él nos quiere, como hermanos, sin excepciones… aunque a veces llamar “hermano” a alguien nos resulte imposible. Pero “eso” es el proyecto de su Padre, “pensado desde toda la eternidad”, dice San Pablo.

¿Somos una piedrecita viva en ese gran templo vivo del Reino de Dios… o una china en su sandalia?