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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

StatPress

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VI.3.6.07-bis. Conmemoración de todos los difuntos. 2 de noviembre.

Mientras escuchamos, recordemos a cuantos seres humanos mueren sin el cariño y el recuerdo de nadie… El Padre Dios sí acoge a todos.

Al día siguiente de “Los Santos”, los católicos recordamos a nuestros seres queridos difuntos. Muchas personas colocan flores en sus tumbas.

La primera manifestación de la especie humana propiamente dicha, el Homo sapiens sapiens, es precisamente la atención que prestaban a sus muertos. Se considera también que esta especie de veneración o recuerdo es la primera manifestación de sentido de la trascendencia o sentido religioso propiamente dicho.

Los cristianos, desde el primer momento, tuvieron una atención especial con sus muertos. En el Imperio Romano, los cadáveres eran incinerados en hogueras. Los cristianos aprovecharon en Roma las catacumbas (excavaciones para extraer un tipo de roca) para guardar allí los cuerpos de sus difuntos. Consideraban que los bautizados, que habían sido templos del Espíritu, merecían honores especiales. Hacían lo mismo que hacemos ahora en los funerales: los cuerpos son rociados con agua bendita y honrados con incienso antes de su sepultura.

¿Han cambiado mucho las costumbres? Esencialmente, poco. Aunque en la actualidad son muchas las personas que prefieren la incineración. Pero esto es hacer en un par de horas lo que hace la naturaleza en muchos años.

El sentido de justicia nos hace pensar en que tiene que haber alguna forma de purificación de los pecados antes de ser acogidos en la casa del Padre. Esta es la idea fundamental del Purgatorio. Por eso rezamos por los difuntos y ofrecemos misas y limosnas, sufragios. Es una tradición respetable. Y desde luego es, como fue siempre, una señal de cariñoso recuerdo de nuestros seres queridos.

Para la fe cristiana la cuestión importante no está en lo relativo a los cuerpos, sino en el espíritu, en las personas. Creemos que la persona sigue viva, que no se pierde en la nada, sino que es acogida por el Padre como nos dijo Jesús en la parábola del hijo pródigo: el Padre esperaba la vuelta de su hijo; lo recibió con gran alegría; lo acogió; olvidó su pasado.

Es evidente que esta esperanza de gloria no borra la tristeza por la pérdida de un ser querido; podemos tener ambos sentimientos a la vez… Una anécdota: Estaba un amigo mío ante el cadáver de su padre fallecido repentinamente y que había vivido como un santo. Tras un ratito en silencio, no recé por él sino que lo invoqué como a un santo: “San Fulano de Tal, ruega por nosotros”. Mi amigo rompió a llorar… ¿de tristeza? ¿de alegría?