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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

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IV.5.6.17. Un texto de Olegario. G. de Cardedal en “Cuatro poetas desde la otra ladera”.

Olegario González de Cardedal es un Teólogo de Salamanca. Ha escrito mucho y con una prosa densa, poética, elevada. En su libro “Cuatro poetas desde la otra ladera”, nos presenta la producción poética de Unamuno, Jean Paul, Machado y Óscar Wilde. Los cuatro fueron cristianos, aunque quizá demasiado a su manera.

De Unamuno comenta sobre todo “Al Cristo de Velázquez”, versos difíciles, torturados, esperanzados y a veces desgarrados. Pero lo que presentamos hoy son unas líneas de Olegario, en las que tras decir que “Unamuno no ha descubierto la hondura perceptiva y sanadora del silencio delante de Dios” continúa con la reflexión que transcribo y que puesta al lado de la imagen del Cristo de Velázquez puede hacernos pensar y ayudarnos a rezar, rezar, no sólo repetir palabras:

“Hay una heroica humildad (1) que consiste en reconocer en uno de los humanos, Jesús de Nazaret, la presencia misma de Dios existiendo como hombre y confiriendo a unas acciones humanas profundidad divina; ella nos permite contemplarlas con amor, revivirlas con gozo e imitarlas con agradecimiento. La actitud de los santos ante cada uno de los gestos, “estados” y“misterios” de Jesús no es la de quienes pierden su radical voluntad de afirmación propia, sino la de quienes, llegando hasta el borde de sí mismos, se encuentran con que Dios ha compartido los límites de lo humano y sufriéndolos en solidaridad, los ha sanado. Por eso hay una contemplación de la humanidad de Jesús, hecha de silencio y amor, de imitación y servicio al prójimo, mucho más sagrada y sublime que toda palabra.La imitación de Cristo en el silencio y en la palabra, en el amor obediente y en el servicio realista al prójimo, es la suprema posibilidad del hombre.”

(1) Conozco personas cuyo ateísmo más o menos radical tiene esta raiz, profunda, escondida: Que no son capaces de creer, confiar, en que Dios sí fue capaz de hacerse hombre en Jesús de Nazaret. La fe exige confianza. La fe exige también humildad.