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Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret

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Desde: 24/09/2015

IV.5.1.02. La agonía de Getsemaní.

En toda tortura hay algo especialmente cruel y maligno: además del rebuscado y espantoso dolor físico, se produce dolor moral, psicológico, espiritual. Dos torturas inseparables.

El dolor moral alcanzó su cumbre en Jesús. En  Getsemaní pudo ver con total claridad la tragedia de su vida:

  • Desde niño buscó hacer la voluntad de su Dios a quien veía como Padre.  Joven aun, se retiró al desierto para pensar y orar.
  • Vio con absoluta certeza que era Voluntad de su Abba,  que diese a conocer a los hombres su verdadero rostro: el de un Abba que nos quiere a todos y que nos hace así hermanos… y no el del Dios terrible y poderoso que imaginaban en su pueblo.
  • Jesús ve y vive aquella noche que su vocación es la causa de lo que será su tortura inmediata:  sus convicciones, su autoridad confirmada con milagros, serán la causa de su tortura a muerte.
  • Presiente, sabe, que no cesarán hasta hacerlo desaparecer brutalmente. No querrán sólo  “espantar” a sus discípulos y ¡discípulas! (cosa insólita donde las hubiese en aquel tiempo). Había cuestionado costumbres tan sólidas como la del Templo único para ofrecer sacrificios y oraciones. Querrán también escarmentar al pueblo ante cualquier pretensión de mover la silla de los poderosos.

San Lucas dice que un ángel lo consolaba… El temor, el terror al sufrimiento injusto, brutal, gratuito… las venas le estallaban, sudó sangre y las gotas caían hasta el suelo. Es imagen  exacta de lo que pasaba por la mente y el corazón de Jesús mientras esperaba la llegada del traidor.

También pensaba en el futuro: el presente inmediato lo preveía con claridad. ¿Qué pensar del futuro de su sacrificio? Sus discípulos poco o nada habían entendido y era todo lo que dejaba: ni escuela, ni escritos, ni estructuras sociales… nada de nada. La desolación de Jesús tuvo que ser total. Esto hace más grandiosa su entrega y confianza en el Padre Dios.

“Apuró hasta los posos la amargura del cáliz de nuestra salvación”. Fue voluntad de Dios, libremente aceptada por Jesús, hundirse hasta lo más profundo en el sufrimiento humano. El Hombre alcanza la libertad y, con ella, la capacidad de hacer el mal. Pero Dios que nos creó se hace uno más de nosotros en Jesús de Nazaret… y en Jesús y con Jesús quiere convencernos de que nos quiere a todos y nos perdona siempre, siempre…

Padre nuestro, que estás en el cielo;
Santificado sea tu Nombre.
Venga a nosotros tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación.
Y líbranos del mal.

Amén

Dios te salve, María, llena eres de Gracia, el Señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios,
Ruega por nosotros, pecadores,
Ahora y en la hora de nuestra muerte.

Amén

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.